A estas alturas
A estas alturas
A estas alturas del siglo dieci…veintiuno, se manifiestan las prostitutas para reivindicar el libre ejercicio de tal profesión y para que los expertos político-sociólogos-alcalde, asesorado seguramente por la necia sabiduría del que preguntó a “una” si tenía clítoris. Esto es algo así como si los empresarios del transporte marítimo se manifestaran en contra del uso de la rueda. El problema es simplemente saber y poder distinguir el agua de tierra firme.
Al final, con las ordenanzas inquisitorias de los políticos, de la clase que sean, estrecharán el cerco de tal manera que será difícil salir a la calle, aunque no seas puta y puedas parecerlo.
Además, para controlar esto enviarán a los guardias de movilidad, convertidos en guardias de inmovilidad, al menos de las señoritas que de tal manera se ganen la vida, a modo de patrulleras para que impongan la sanción correspondiente al macho que utilice a la puta o sus servicios… pertrechados detrás de las farolas o de los cubos de basura amarillos, con los cuellos de la gabardina subidos y con su libro de multas.
Y es que a mi, si ya me resulta difícil distinguir a una prostituta, más difícil me resultaría distinguir al “distinguido” cliente, porque parece que al que se quiere sancionar es al cliente, no a la señorita, que así, de esta manera, se sancionan a los dos, a los unos por clientes y a las otras porque dejan de ingresar el sustancioso dinero negro, que no paga impuestos ni tiene retenciones, eso sí, cuesta el mismo sudor ganarlo que en otro trabajo cualquiera.
El cliente pude vivir sin la puta, pero la puta no puede vivir sin el cliente.
Enhorabuena jefes, cada día lo hacéis mejor.



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