REPORTAJES - Tierra Perdida.
Cuentan los historiadores romanos que, por donde cabalgaba Atila, la hierba jamás volvía a crecer. Cierto, pero no era debido a lo poderes mágicos de su caballo, como así creían los campesinos de la época, sino que se trataba de una consecuencia directa de la crueldad del rey de los hunos. Y es que el azote de Dios practicaba una política de tierra quemada.

Su ejército atacaba, saqueaba y después ordenaba quemar en reiteradas ocasiones campos, bosques y todo aquello que pudiera dar alimento y cobijo a sus enemigos.
El resultado fue aterrador: decenas de miles de hectáreas de tierra de Centroeuropa quedaron reducidas a cenizas y fueron estériles durante décadas, incluso siglos. Atila fue el primer gran pirómano forestal conocido por la historia de la Humanidad, y probó que, si se aplica la fuerza del fuego con toda su crudeza, la vida puede no rebrotar jamás.
En España, en lo que llevamos de año, han ardido alrededor de 40.000 hectáreas de superficie arbolada a causa de negligencias, descuidos y la acción de nuevos bárbaros provistos de cerillas y mecheros. La estadística es más halagüeña que en ejercicios anteriores, pero, incluso así, y como ocurre año tras año, inquieta: grupos ecologistas y técnicos forestales se han unido para exigir a las diferentes administraciones que pongan en marcha una política de reforestación real y efectiva, cuyo fin estribe en recuperar las zonas quemadas y devolver el verde esplendor a nuestros bosques calcinados.
La tarea no es fácil, puesto que el proceso completo de regeneración de una arboleda se estima, al menos, en cincuenta años, y requiere una inversión de decenas de millones de pesetas. La reforestación de una superficie arbolada depende de múltiples factores. Por un lado, hay que tener en cuenta qué tipo de bosque ha ardido y qué clima existe en la zona. Por otro, se debe analizar cuál ha sido la intensidad y el daño que ha generado el incendio, explica Juan Miguel Bermejo, ingeniero técnico forestal y especialista en este tipo de procesos, que dirige una sección de la Junta de Extremadura dedicada a las labores de recuperación, que él cataloga como duras, pero necesarias y muy satisfactorias.
Dejar hacer
Existe toda una gradación que va desde el conato de incendio, aquel fuego que no supera la hectárea en extensión, que se regenera con suma facilidad de forma natural, y el incendio catastrófico de grandes magnitudes. Éste arruina un bosque durante décadas y afecta al conjunto del ecosistema: especies vegetales, fauna, suelo y agua, sintetiza Bermejo.
Precisamente, es esta clasificación la que indica si se hace necesaria o no la intervención directa del ser humano para acelerar y garantizar el proceso de recuperación. Tras un pequeño incendio, es posible que muchas plantas hayan sobrevivido y los árboles muertos comienzan a rebrotar de cepa o raíz. Es el caso de la encina, el pino canario o el rebollo. Por otro lado, el fuego ayuda a diseminar las semillas de algunas especies, como el pino mediterráneo, las jaras y la mayoría de las variedades de matorral. En este sentido, el incendio, siempre de baja intensidad, tiene efectos positivos, porque ayuda al fortalecimiento del bosque –explica el ingeniero–. Son casos en los que el hombre debe dejar hacer a la naturaleza.
El gran problema sobreviene cuando el fuego es abrumador, o se repite en reiteradas ocasiones. La mayoría de las plantas mueren a temperaturas cercanas a los 50 grados, y en un incendio importante pueden alcanzarse los novecientos grados. El daño es irreversible: la flora desaparece, la fauna muere o huye, el suelo queda expuesto a la erosión y las cenizas contaminan las aguas freáticas y los arroyos cercanos. Es entonces cuando la naturaleza demanda la ayuda del hombre.
El proceso de reforestación es largo, complejo, y el éxito nunca está garantizado. Para evitar el fracaso, es necesaria una continuidad en la gestión. El problema es que ésta puede prolongarse durante décadas, un tiempo mucho mayor que lo que duran las legislaturas de los gobiernos autónomos, que son los órganos competentes para desarrollar estas políticas. Además, varios años de esfuerzo pueden verse arruinados por la acción de un nuevo siniestro, que marchite todo el terreno ganado ya a la muerte y a la desertización.
La repoblación arranca con la eliminación de los vestigios de lo que fue el antiguo bosque. Hay que retirar la madera quemada, porque, si de deja, generaría plagas y otros problemas. El siguiente paso, quizás el más decisivo, consiste en elegir correctamente la especie con la que se va a reponer el terreno. En España es frecuente que se utilicen árboles no autóctonos para lograr una repoblación rápida e industrial. Esta práctica es abominable desde el punto de vista ecológico, porque provoca un daño irreparable en el suelo, denuncia Miguel Ángel Soto, responsable de la campaña de bosques en Greenpeace.
Lo más correcto es elegir mezclas de dos o más variedades de las siguientes familias: pinaceas (pinos, abetos…) y fragaceas (robles, encinas, hayas, alcornoques…). Sin olvidar que en la mayoría de los casos es necesaria, además, la introducción de matorral y plantas herbáceas que devuelvan la riqueza al sustrato, argumenta el ingeniero de la Junta de Extremadura.
La mejora de la calidad del suelo precisa entre uno y cinco años. A partir de ahí, puede comenzar la plantación, bien de manera manual o mecanizada. Consiste en distribuir de forma regular los brotes de los árboles por las laderas. La utilización de semillas está poco extendida en España, al tratarse de una tarea que requiere de una vigilancia y un mantenimiento especial.
El desierto avanza
Los riesgos abundan en esta etapa. El ganado o los propios excursionistas con sus pisadas pueden arruinar la replantación. Por eso, los verdes retoños extraídos de viveros son más efectivos y seguros. Una vez realizada esta operación, comienza lo más complicado: una tensa espera, un mimo exquisito y una larga gestión, que no todos los políticos están dispuestos a sufragar.
Por desgracia, no existe una continuidad en el cuidado de los bosques repoblados, debido a la escasez de inversiones. Esto es una consecuencia directa de la falta de aprecio real que se da en nuestra sociedad. Las arboledas están escasamente atendidas y el ratio de técnicos forestales por superficie es muy inferior al resto de países europeos: falta personal especializado, concluye Juan Miguel Bermejo, que lamenta esta circunstancia y reconoce que hay comunidades autónomas más preocupadas que otras en esta materia.
Un reciente informe de la asociación ADENA/WWF alertaba de que, en España, no se reforesta ni la mitad de la superficie de bosques quemada al año. Esta situación puede provocar un avance considerable de las tierras desérticas, sobre todo, en la zona mediterránea, ya que en el norte peninsular, gracias al clima, los procesos de regeneración natural son más efectivos, denunciaba el documento, donde se reconocía que otros países con menos recursos monetarios (como Polonia, Estonia o Eslovaquia) invierten y cuidan mucho mejor su superficie arbórea.
El bosque da oxígeno, agua, áreas de esparcimiento… Es un gran activo de este país; y, sin embargo, no se invierte lo más mínimo en mantenerlo. Es una vergüenza y una injusticia que debería ser recordada a los políticos, que no hacen otra cosa sino vanas promesas tras la campaña de incendios de cada verano, sentencia el responsable de Greenpeace.
En este contexto, algunas asociaciones ecologistas apuestan por modestos procesos de reforestación privada.
Es el caso de la campaña plantatuarbol.com, una iniciativa de la Fundación Natura que, a través de Internet, pretende obtener los apoyos necesarios para repoblar treinta hectáreas de la sierra de Cuberes, en el prepirineo catalán. Esta zona sufrió un grave incendio en 1980 y, veinte años más tarde, la regeneración natural ha sido casi nula.
La original iniciativa permite que, con sólo visitar su página (www.plantatuarbol.com), el usuario contribuya a que las empresas patrocinadoras planten un ejemplar por cada click realizado. Hasta ahora han colocado más de 11.000 ejemplares. Toda una oportunidad para superar la desidia de las administraciones, reconocen sus responsables.
Fuente: La Verdad.es
Texto: Josu García
26/08/2001


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