El alcantarillado de Anllo
Si de verdad existe una apuesta clara y seria por parte de los poderes públicos y las personas que habitamos la Ribeira Sacra para lograr el soñado estatus de Patrimonio de la Humanidad que creemos merecer, tenemos que ser capaces de demostrar mejor que otros que la suma de muchas cosas pequeñas bien hechas suponen un buen mucho y que eso “vende mejor” que la suma de un solo mucho de algo y casi nada de todo lo demás.
Para ilustrar la abstracción del párrafo anterior, mencionaré un ejemplo reciente de falta de planificación y dejadez exasperante en las formas de ejecución, por parte del ayuntamiento de Sober: esta Corporación está realizando la segunda fase de dotación de servicio de alcantarillado para unas cuantas casas de la vecindad de la parroquia de Anllo de San Esteban (en pleno corazón de la R.S). Es una loable iniciativa que los vecinos hace bastante tiempo venían demandando y que redundará en una mejora indiscutible en la calidad de sus vidas. El problema, y mi consiguiente denuncia, es que esta obra, importante, pero de muy escasa envergadura logística, lleva empantanada –así, literalmente- la friolera de un mes.
La calzada levantada al efecto para posibilitar la colocación del colector en la gran hendidura central y longitudinal que le han practicado, es la única vía de paso para personas, animales y vehículos de la zona, y, aunque esa primera parte se hizo debidamente en tiempo y forma, lo fundamental, que es dejarlo todo como estaba (cuando menos) antes de comenzar la obra, está todavía por hacer. Así, la vida de los lugareños se ve alterada hasta el punto de que, servicios básicos a los cuales podían acceder con facilidad, (como por ejemplo el del pan en la puerta o el del pescado, dos días a la semana) están dejando de ser proporcionados ya que los comerciantes que los suministran se niegan a transitar con sus vehículos por una carretera en tal estado de desastre.
Señora alcaldesa y demás miembros de la Corporación municipal, no soy yo quien para indicarles cómo tienen que administrar sus recursos pero sí quien puede juzgar lo que desde fuera aparece como una monumental descoordinación. Si hay un presupuesto y unos medios que posibiliten la decisión de la ejecución de una obra pública, ésta ha de hacerse tratando de reducir al mínimo las molestias al administrado (tengan la seguridad de que somos los más estoicos, pacientes y generosos que se puedan encontrar en cualquier parte).
No sigamos por la vía de las excusas y los subterfugios para justificar el no hacer bien las cosas.
No estoy empadronada en ese ayuntamiento pero resido en la zona a intervalos de mi tiempo. Amo esa tierra y me siento impelida a velar por sus intereses; además, también pago mis impuestos pero, sobre todo, creo que tengo derecho a no sentirme perjudicada tanto tiempo.


